ENCUENTRA LO QUE TE GUSTA, Y DEJA QUE TE MATE Charles Bukowski

8 de mayo, 2026

Bitácora del día:

¿Por qué será que preferimos hablar de lo banal antes que presumir lo que realmente vale la pena?

¿Qué es la vida?

Es algo tan etéreo que podría pasar toda una vida describiéndola y una eternidad intentando disfrutarla. ​Nos pasamos la mayor parte de nuestra existencia exigiendo respuestas para todo, queriendo controlar lo que sucede a nuestro alrededor, y es precisamente eso lo que nos limita a existir conscientemente. Nos limitamos a seguir órdenes —o a darlas— para sentir control sobre algo, sin importar qué tan pequeño sea. Esa sensación de "querer tener el control de todo lo que pasa" es una forma de evitar la realidad, de no enfrentar los problemas que nos envía el destino. Es una de las formas más comunes de pretender que estamos bien. ​Llegar a admitir nuestra ignorancia y el nulo poder que tenemos sobre la vida suele ser el reto más difícil al que nos enfrentamos. No necesitamos la respuesta a todo, y esa es la parte que nos hace especiales. Durante años nos han programado para seguir normas morales impuestas por alguien más como "correctas".Estamos acostumbrados a juzgar y condenar a la gente por actos "moralmente incorrectos", pero ¿quién decidió qué estaba bien y qué estaba mal? ¿En qué momento decidimos obedecer ese patrón? ​Con el avance de la tecnología, hemos perdido lo más esencial. ¿En qué momento dejamos de cuestionar nuestra existencia? ¿Cuándo dejamos de vivir para pasar a solo coexistir? Dejamos de sentir, de experimentar, de estar conscientes de nuestro ser, de nuestros pensamientos y de nuestro sentir. Dejamos de crear recuerdos que guardan sensaciones, olores y sentimientos, para entregar nuestra existencia a un aparato no mayor a 15 cm con 126 GB de memoria. Nos alejamos del tiempo que transcurre y de la vida misma que se esfuma. ​¿Cuándo fue el momento en que dejamos de sentir curiosidad? ¿En qué parte del camino perdimos el interés por aprender, por preguntar, por cuestionar? Bien dicen que "no es malo no saber; lo malo es no saber y no querer aprender". Con esto no quiero decir que debamos volvernos expertos en todos los temas, ya que absolutamente todo en la vida es subjetivo. Lo que intento decir es que debemos volvernos los mejores en nuestro propio concepto de vida y de éxito.
1 de julio, 2026

El Ente Malinchista: La sombra que nos habita

Siempre nos han enseñado que el malinchismo es una etiqueta que se le pone a alguien. "Ese güey es un malinchista porque prefiere viajar a Europa que a Oaxaca", o "es una malinchista porque solo escucha música en inglés". Pero la verdad es que reducirlo a un defecto de fábrica de ciertas personas es quedarse muy en la superficie. El malinchismo real no es una persona; es un ente. Es una especie de fantasma colectivo, una atmósfera invisible que respiramos desde morros y que nos dicta, sin que nos demos cuenta, cómo debemos menospreciarnos. Este ente no necesita que venga un extranjero a decirnos que lo nuestro no vale; nosotros solitos hacemos la chamba. La sociedad mexicana se convirtió en el vehículo perfecto para que este bicho siga vivo. Nos volvimos policías de nuestro propio valor. El ente opera en lo cotidiano: cuando alguien se avienta a armar un proyecto propio, un libro, una marca o lo que sea, y el entorno primero duda, sospecha o tira el clásico "ay, a ver cuánto dura". Pero, ah, si a esa misma persona le va bien en Nueva York o en Berlín, el ente cambia de máscara. De golpe nos llenamos de un orgullo prestado y decimos "¡orgullo nacional!", cuando cinco minutos antes ni los pelábamos. Es como si el éxito de un mexicano solo fuera real si una mirada de afuera lo aprueba primero. Ahí está la esquizofrenia de nuestra identidad. Vivimos en una contradicción rarísima: presumimos la comida, los colores y el día de muertos con un fervor casi religioso, pero en el día a día, el ente nos hace regatearle cincuenta pesos a un artesano o a un productor local mientras pagamos tres veces más en una corporación trasnacional sin pestañear. Amamos la idea de México en abstracto, pero desconfiamos del mexicano que camina al lado nuestro. Para matar a un fantasma, primero hay que dejar de jugar bajo sus reglas. El ente malinchista no se destruye odiando lo de afuera ni encerrándonos en una burbuja; eso sería otra trampa. Se le destruye cuando apagamos esa necesidad neurótica de validación externa. Cuando entendemos que no necesitamos un mapa aprobado por nadie más para saber quiénes somos, y que el espejo en el que nos miramos, por fin, nos pertenece a nosotros.